Fueron cuatro días, desde el triunfo contra Holanda, que se respiró
ilusión y orgullo en el ambiente. La esperanza que el seleccionado argentino
traiga la Copa del Mundo al país casi que se podía tocar en las calles porteñas
y ver en los ojos de los habitantes, todos motivados por un mismo sueño.
Pero el fútbol tiene eso, da tanta felicidad como dolor, y la suerte a
veces no quiere llegar. El domingo fue el día. La final consistió en 122 minutos
de mirar una pantalla con esperanza, deseando estar en esa tribuna, agarrando y
agitando una bandera, alentando como si cada espectador estuviera en esa
cancha, sintiendo cada gol errado como propio. Porque 24 años sin participar en
una final del Mundo es mucho tiempo. Porque cada partido fue peleado y
Argentina merecía ese lugar en la final. Y porque ver a los argentinos unidos
de esa manera, generó un orgullo único.
El partido termina 1 a 0 y, al principio, la gente no sale a la calle.
Nadie se atreve a asomarse a la ventana y, finalmente caer, que realmente el partido
finalizó. El domingo parece más frío e invade la desilusión. Pero de repente,
en la pantalla, se puede ver el dolor de los jugadores y cómo caen las
lágrimas, y el país quiere darles su apoyo. El Obelisco comienza, lentamente, a
agitarse de nuevo. Se empiezan a escuchar las bocinas en las calles, se asoman las banderas por los vidrios de los
autos, la gente grita “Argentina” desde la ventana. Se abraza con las personas
que los rodean. Cada punto de aliento en el país empieza a ser trasmitido por
televisión y las palabras de apoyo al seleccionado nacional generan la
sensación de que haber perdido ese partido no significa haber perdido el
Mundial. El país era una fiesta.
Sí, las consecuencias en la ciudad porteña de tantos argentinos
frustrados también trajo represiones negativas en la ciudad. Locales rotos,
gente detenida y desilusión. Pero eso en el tiempo se olvidará. Todos,
absolutamente todos los argentinos que vivieron el Mundial Brasil 2014 serán
los que, en unos años, se pongan a relatar, no los sueños frustrados, sino
cuando nos abrazamos y lloramos emocionados, ganándole la semi a Holanda por
penal.